
Desde la más profunda y angustiada maraña,
y hasta las cima de la más alta montaña,
la esperanza innata como siempre te buscaba.
Ahí, con un puño de acero fundido te encontré
y los cielos de nubarrones grises despejé,
todo lo que a tu alrededor enmancipado te ocultaba.
Los sonidos sueves y canciones tristes arrebaté
y de vivas y alegres voces te entregué,
para que tus sentidos mudos y obstinados deleitaran.
Encontré un solpo y formé con él un silencio estremecido,
las voces ahora sordas que antes te habían sometido,
ahora convertidas en música de sueños que a tu ser agradaba.
Marché puntual entre los mares ávidos de sal infinita,
océanos racionados de aire, tierra y luz que medita
y que a mi paso firme y oscuro se formaban.
En los riscos etéreos enormes y las peñas rocosas,
y como atardecer fortuito que al corazón goza,
tu rostro azul y aterciopelado de amor lo dibujaba.
En los bosques oblicuos y las selvas húmedas,
entre árboles de fe y veredas de espuma,
tu nombre y tu cuerpo imborrable idolatraba.
Con las ganas de llamas de sangre hirviente,
y entre efímeros y fieros animales silentes,
tu sonrisa eterna y majestuosa enaltaba.
Al encontrarte de nuevo entre las sombras muertas,
y con todas la virtudes de nuestras almas a cuestas,
mi corazón, mi alma, como nunca te entregaba.
Pero tu esencia inmaculada de verdadera santa,
más grande, enorme y más entera que mi alma,
sin dudarlo un instante, mi alma de superhombre desechaba.
Con un desdén desleal de locura infinita,
y con la memoria crecida de dicha ya marchita,
mi piedra hecha antes corazón, de nueva cuenta, se marchaba.
y hasta las cima de la más alta montaña,
la esperanza innata como siempre te buscaba.
Ahí, con un puño de acero fundido te encontré
y los cielos de nubarrones grises despejé,
todo lo que a tu alrededor enmancipado te ocultaba.
Los sonidos sueves y canciones tristes arrebaté
y de vivas y alegres voces te entregué,
para que tus sentidos mudos y obstinados deleitaran.
Encontré un solpo y formé con él un silencio estremecido,
las voces ahora sordas que antes te habían sometido,
ahora convertidas en música de sueños que a tu ser agradaba.
Marché puntual entre los mares ávidos de sal infinita,
océanos racionados de aire, tierra y luz que medita
y que a mi paso firme y oscuro se formaban.
En los riscos etéreos enormes y las peñas rocosas,
y como atardecer fortuito que al corazón goza,
tu rostro azul y aterciopelado de amor lo dibujaba.
En los bosques oblicuos y las selvas húmedas,
entre árboles de fe y veredas de espuma,
tu nombre y tu cuerpo imborrable idolatraba.
Con las ganas de llamas de sangre hirviente,
y entre efímeros y fieros animales silentes,
tu sonrisa eterna y majestuosa enaltaba.
Al encontrarte de nuevo entre las sombras muertas,
y con todas la virtudes de nuestras almas a cuestas,
mi corazón, mi alma, como nunca te entregaba.
Pero tu esencia inmaculada de verdadera santa,
más grande, enorme y más entera que mi alma,
sin dudarlo un instante, mi alma de superhombre desechaba.
Con un desdén desleal de locura infinita,
y con la memoria crecida de dicha ya marchita,
mi piedra hecha antes corazón, de nueva cuenta, se marchaba.
incitatüs
(agosto'09)
imagen: internet